El 19 de mayo de 1845, 129 hombres, al mando de señor John Franklin, zarparon en dos barcos, el Terror y el Erebus, hacia el Ártico, para intentar la travesía del legendario paso del Noroeste. Solo sobrevivieron cuatro expedicionarios: abandonaron el viaje prematuramente. Los demás murieron de frío, debilidad y enfermedades en las altas latitudes del Norte. Algunos recibieron sepultura allá donde fallecieron. Sus restos mortales permiten a la ciencia realizar nuevos descubrimientos sobre su vida y su muerte. Douglas Stenton, de la Universidad de Waterloo, y sus colaboradores han conseguido identificar a uno de los fallecidos gracias al análisis de su ADN y a un estudio genealógico; han reconstruido además su rostro. Lo explican en un artículo publicado en la revista Registro polar.

El material genético que Stenton y sus colaboradores extrajeron del esqueleto les llevó hasta el oficial John Gregory, que viajaba a bordo del HMS Erebus como ingeniero. El ADN se comparó con una muestra tomada a uno de sus descendientes directos y mostró un grado de coincidencia muy alto. Los restos del oficial se desenterraron en la isla del Rey Guillermo; se sabía que era uno de tres entre los hombres que murieron allí. «Es un día increíble para nuestra familia, es increíble que los restos de John Gregory hayan sido los primeros en ser identificados con un análisis genético», dice Jonathan Gregory, bisnieto de un bisnieto del expedicionario.

En abril de 1848, tres años después de que zarpase la expedición, 105 supervivientes de la tripulación original abandonaron los dos barcos, atrapados en el hielo. Querían ir a pie hacia el sur, para ponerse a salvo. No sobrevivió ninguno; docenas de ellos encontraron su lugar de descanso eterno en la isla del Rey Guillermo. El equipo pudo obtener ADN de 26 miembros de la tripulación. Ya anteriormente, los restos mortales habían aportado indicios de la causa de la muerte de al menos algunos de aquellos hombres.

El análisis de una uña de uno de los fallecidos mostró que, en contra de lo que se esperaba, el envenenamiento con plomo no desempeñó el papel central. La causa probable de la muerte fue la carencia de zinc, que hace que las personas sean más propensas a infecciones como la tuberculosis o la neumonía, lo que en la duras condiciones árticas puede llevarlas rápidamente a la muerte. Se ha dado también con los restos del naufragio del Erebus, que yace en el fondo del golfo de la Reina Maud.

Las últimas señales de vida conocidas de John Gregory son del 9 de julio de 1845, día en que escribió a su mujer, Hannah, desde Groenlandia. Los barcos marcharon después al Ártico canadiense. Allí sobrevivió durante tres años en la banquisa, para morir a 75 kilómetros al sur del último paradero de su barco: en la bahía de Erebus de la isla del Rey Guillermo. Su cuerpo y el de otros dos marinos se encontraron en 1859; los enterraron en 1879. Se perdió de vista la tumba hasta su redescubrimiento en 1993, y en 1997 se volvieron a sepultar tres huesos que habían aflorado. En 2013 se desenterraron de nuevo los restos para la extracción del ADN, y se los sepultó definitivamente bajo un túmulo de piedras.

Daniel Lingenhöhl

Referencia: «Identificación de ADN de un marinero de la expedición del paso del noroeste de Franklin de 1845», de Douglas R. Stenton, Stephen Fratpietro, Anne Keenleyside y Robert W. Park, en Informe Polar, volumen 57, 2021, e14e.



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