No todos los bebés responden de igual modo al miedo y el porqué de estas diferencias podría hallarse en el intestino. En concreto, las poblaciones de microorganismos que lo habitan. Así concluye un estudio, publicado en tiempo reciente por la revista Comunicaciones de la naturaleza, que asocia el microbioma con el desarrollo del miedo no social, así como los circuitos cerebrales implicados en el control de dicha emoción.

Alexander L. Carlson, de la Universidad de Carolina del Norte, y sus colaboradores reclutaron 34 infantes a los que realizaron un seguimiento durante sus primeros 12 meses de vida. Todos ellos nacieron por parto vaginal, fueron alimentados con leche materna y no recibieron ningún fármaco antibiótico, con el objeto de reducir la incidencia de factores que pudieran alterar el microbioma.

Una vez los bebés cumplieron un año, los investigadores evaluaron su miedo no social, es decir, el causado por objetos, ruidos y situaciones nuevas. Para ello, analizaron la reacción de los pequeños ante la entrada de un extraño, con una máscara con forma de manzana, caballo, mono o alienígena, en la habitación donde se hallaban acompañados por sus padres o cuidadores. La prueba se detuvo en caso de que los niños experimentaran niveles elevados de estrés o ansiedad y lloraran más de diez segundos seguidos.

Asimismo, los autores recogieron muestras fecales y obtuvieron imágenes de las estructuras cerebrales de los infantes, a la edad de uno y doce meses. De acuerdo con los análisis, una menor presencia del género Bacteroides, así como un incremento en la abundancia de Veillonella, Dialister y Clostridiales se asocia con mayor respuesta al miedo.

La composición del microbioma también se relacionó con el tamaño de ciertas áreas cerebrales. En concreto, los bebés con una menor cantidad de Estreptococo en el intestino, presentaban una amígdala de mayor volumen. Esta región participa en la reacción del organismo al estrés negativo, así como en la generación del miedo. Carlson y su equipo postulan que el microbioma podría influir en el desarrollo y función de la amígdala, pero nuevas investigaciones deberán confirmar dicha hipótesis.

De forma interesante, los investigadores no observaron conexión alguna entre los microrganismos del intestino y el miedo social de los niños, evaluado mediante la presencia de un extraño, pero sin máscara. Ello sugiere que el cerebro procesa los estímulos del miedo social y no social de forma distinta.

En los seres humanos, el primer año de vida es un período clave para el desarrollo del cerebro, la aparición del miedo y el asentamiento del microbioma intestinal. La variación de este último se asocia con trastornos cognitivos. Por consiguiente, el presente hallazgo podría aportar pistas sobre el riesgo de desarrollar patologías psiquiátricas vinculadas a la alteración del miedo.

Marta Pulido Salgado

Referencia: «La composición del microbioma intestinal infantil se asocia con un comportamiento de miedo no social en un estudio piloto», De EL Carlson et al., En Comunicaciones de la naturaleza. 12:3294, publicado el 2 de junio de 2021.



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