Los océanos acumulan ya grandes cantidades de dióxido de carbono y hacen así de amortiguadores del calentamiento global. El problema está en cuánto tiempo podrán seguir desempeñando ese papel. Ellos mismos corren el peligro de cambiar radicalmente, como explican Katie Lotterhos, del Centro de Ciencia Marina de la Universidad del Nordeste, y sus colaboradores es Informes científicos. Hacia finales del siglo, dependiendo de la situación posible que se tome en consideración, entre un tercio y un 95 por ciento de los ecosistemas marinos superficiales, las praderas marinas, por ejemplo, o los arrecifes de coral, o las marismas, se encontrarán con unas condiciones ambientales que en el curso de la historia de la Tierra se han visto raras veces, o quizá nunca.

El grupo ha examinado datos que se remontan hasta 1800 sobre la temperatura del agua, el pH y los estados de saturación del carbonato cálcico en la forma de aragonita y han calculado con la ayuda de modelos cómo podrían evolucionar esos parámetros para diversas trayaectorias posibles de las emisiones hasta 2100. La aragonita tiene una gran importancia para la supervivencia de muchos animales marinos, que construyen con ella sus conchas o esqueletos calizos. Para determinar su evolución, Lotterhos y sus colaboradores se han concentrado en dos trayectorias posibles: una correspondiente a una protección moderada del clima (el escenario RCP 4.5, en el que las emisiones crecen hasta 2050 y luego van disminuyendo lentamente) y la otra, a una liberación más o menos descontrolada de dióxido de carbono, que seguiría creciendo hasta 2100 (el escenario RCP 8.5).

Hasta ahora, los mares han ido saliendo de los cambios relativamente ilesos. Es cierto que desde 1800 hasta 2000 las temperaturas medias del agua subieron en muchas regiones; a la vez, el pH disminuyó, y el estado de saturación de la aragonita, también (lo que tiende a dificultar la creación de conchas de bivalvo). No obstante, muchos animales pudieron compensarlo desplazándose a capas de agua más profundas o a latitudes más altas. Hasta la fecha, ningún nicho ecológico ha desaparecido por completo. En el futuro, en cambio, parece que la situación va a ser más crítica.
Incluso con el RCP 4.5, en más de una tercera parte de las regiones marinas desaparecerán los nichos existentes; con el 8.5, ocurriría hasta en el 95 por ciento de ellas. El océano Índico, el Atlántico tropical y el sudoeste del Pacífico ya dan muestras de eso. También alrededor del ecuador se vislumbran en el Pacífico nuevas condiciones medioambientales, pero no están todavía establecidas, escriben Lotterhos y sus colaboradores.

Las especies sensibles no podrán esquivar la desaparición de sus entornos habituales: no habrá ya hábitats semejantes a los que puedan huir; solo encontrarán entornos inéditos. En entre un 10 por ciento y un 85 por ciento de la superficie marina podrían darse condiciones desconocidas en la historia reciente de la Tierra. En esas zonas las aguas serían claramente más cálidas, ácidas y pobres en minerales. Muchos organismos marinos tendrían que adaptarse a circunstancias que actualmente no se dan en ninguna parte. El grupo de investigadores espera que sean especialmente desfavorables en los mares tropicales, con sus arrecifes de coral, y en las latitudes polares.

Lotterhos y sus colaboradores, sin embargo, son prudentes a la hora de determinar las consecuencias de esos escenarios porque no han podido tomar en cuenta distintos factores que pueden influir en ellas. Unas aguas más calientes amenazan con que la hipoxia sea más frecuente, impulsada adicionalmente por la eutrofización (el exceso de nutrientes) y las subsiguientes floraciones de algas. Sus modelos tampoco captan las consecuencias de unas corrientes marinas modificadas o más débiles y de unas capas de agua más estables. Se temen que las consecuencias para la vida marina sean en general peores para los hábitats marinos que para los ecosistemas terrestres.

Daniel Lingenhöhl

Referencia: «Climas nuevos y en desaparición en la superficie oceánica global de 1800 a 2100», De Katie E. Lotterhos, Áki J. Láruson y Li-Qing Jiang, en Informes científicos, volumen 11, número de artículo: 15535 (2021).



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