En Alaska, en Canadá, en Rusia, los bosques boreales arden en primavera cada vez más a menudo, bastante antes de las altas temperaturas estivales: son víctimas de los incendios «zombis». Tras un incendio de verano, el fuego, oculto bajo la nieve, prosigue en esos casos todo el invierno, lentamente, en la capa de turba y de agujas de píceas en descomposición. Esa turba, muy rica en carbono y pobre en oxígeno, ofrece las condiciones ideales para una combustión lenta. Cuando la nieve se derrite y el suelo se seca, el fuego se reanuda en la superficie y el bosque vuelve a arder. Para hallar en tierras remotas esos incendios zombis, hasta ahora muy mal conocidos, que reanudan, tras muchos meses fríos, fuegos que parecían extinguidos, Rebecca Scholten, de la Universidad Libre de Ámsterdam, y sus colaboradores han creado un algoritmo que analiza imágenes tomadas por satélites. Lo explican en Naturaleza.

Las superficies afectadas por los incendios zombis siguen siendo modestas en promedio (el 0,8 de la superficie quemada en Alaska y los Territorios del Noroeste de Canadá entre 2002 y 2018), pero en 2008 fueron ellos los que hicieron que ardiese el 38 por ciento de la superficie que se quemó aquel año en Alaska. Y puede que su impacto climático esté en correspondencia. Los incendios forestales de la región boreal, en general, emitieron unas 50 megatoneladas de dióxido de carbono solo en junio de 2019, equivalentes a las emisiones totales anuales de Suecia. Y en estos últimos años los servicios forestales de Estados Unidos y Canadá han observado que esos incendios precoces, que les pillan a menudo por sorpresa, han ido abundando más.

Scholten y sus colaboradores empezaron por eliminar los incendios de origen humano y los causados por rayos (principal causa de incendios en las regiones deshabitadas del Gran Norte) de los datos sobre incendios forestales boreales de estos últimos años. Para detectar retroactivamente incendios zombis, calibraron el algoritmo que diseñaron para ello con 45 pequeños incendios así (con entre 0,04 y 42,5 hectáreas quemadas); aunque indetectables en las imágenes de los satélites, los organismos encargados de la extinción de incendios los habían ido registrado entre 2005 y 2017. El 89 por ciento se desencadenó en el perímetro del incendio estival original y el 93 por ciento, a menos de 500 metros. Aplicaron por eso un límite de mil metros, compatible con la resolución media de las imágenes de satélite. La reaparición del fuego tras la desaparición de la nieve ocurría en promedio a los 27 días de que la nieve empezase a derretirse; teniendo en cuenta la dispersión de ese dato, adoptaron un límite de 50 días con respecto a que la nieve empezase a fundirse para considerar que un incendio podía ser la reanudación de uno del verano anterior.

En un análisis retrospectivo de las imágenes por satélite, su algoritmo reconoció siete grandes incendios zombis de años pasados, de los nueve de los que los investigadores contaban con datos y que les sirvieron para poner a prueba la capacidad detectora del algoritmo. A continuación, este dio con otros veinte grandes incendios zombis que no estaban documentados.

En cuanto a las causas de la reaparición en primavera de los incendios, tres parámetros son los principales: unas temperaturas especialmente altas en el verano anterior (más y más frecuentes con el calentamiento climático), la superficie quemada en el verano precedente y la profundidad hasta la que se quema la turba en el suelo (de 10 a 20 centímetros, incluso 30).

«Estos trabajos nos ilustran sobre esos incendios forestales de la zona boreal, bastante mal conocidos, pero cuyas consecuencias climáticas y ecológicas podrían ir a más», en opinión de Eric Rigolot, director del Laboratorio de Ecología de los Bosques Mediterráneos, del Instituto Nacional de Investigaciones para la Agricultura, la Alimentación y el Medioambiente francés. Habría que extinguir estos incendios ocultos en sus comienzos, antes de que afloren en la superficie, en zonas a donde no es fácil llegar. Si no, emitirán carbono y participarán en la fusión del permafrost, suelo congelado permanentemente, que desprende al derretirse grandes cantidades de metano, potente gas de efecto invernadero.

Isabelle Bellin

Referencia: «Incendios invernales en bosques boreales», de Rebecca C. Scholten, Randi Jandt, Eric A. Miller, Brendan M. Rogers y Sander Veraverbeke, y Naturaleza, volumen 593, págs. 399–404 (2021).



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