«Los expertos siempre se equivocan» se ha convertido en una crítica habitual. Como historiadora de la ciencia, no estoy de acuerdo: creo que la historia demuestra que los expertos científicos aciertan la mayoría de las veces. No obstante, los casos en los que sí se equivocan nos ofrecen una buena oportunidad para entender los límites de la erudición. Un ejemplo reciente nos lo ha proporcionado el Índice de Seguridad Sanitaria Global (GHSI), un proyecto creado por la Iniciativa de Amenaza Nuclear estadounidense y el Centro de Seguridad Sanitaria Johns Hopkins. Se publicó en octubre de 2019, apenas unas semanas antes de que apareciese el nuevo coronavirus.

Los investigadores del GHSI evaluaron la capacidad de respuesta de 195 naciones ante una pandemia. Estados Unidos fue considerado el país mejor preparado del mundo, y el Reino Unido el segundo. Al mismo tiempo, Nueva Zelanda quedó relegada al puesto número 35 y Vietnam al 50. Sin duda, estos expertos se equivocaron: Vietnam y Nueva Zelanda se hallan entre los países del mundo que mejor han reaccionado ante la pandemia de COVID-19, mientras que Estados Unidos y el Reino Unido se encuentran entre los peores.

Para ser justos, el estudio no concluyó que la capacidad de respuesta global fuera buena o ni siquiera adecuada. De hecho, advirtió de que la seguridad sanitaria mundial era «fundamentalmente débil» y que ningún país se hallaba totalmente preparado para afrontar una epidemia o una pandemia. La pandemia de COVID-19 resultó ser el equivalente a un gigantesco incendio para el que casi nadie había hecho un simulacro previo. Pero, aunque acertaran en el análisis global, estos expertos se equivocaron garrafalmente a la hora de evaluar la capacidad de respuesta de cada país. Como sabemos ahora, tanto Estados Unidos como el Reino Unido han sufrido tasas de mortalidad muy superiores a las de muchos países que el GHSI calificó como mucho peor preparados. Los resultados fueron tan desastrosos en este sentido que un análisis posterior concluyó que el estudio «carecía de capacidad predictiva», al tiempo que otro observaba secamente que el estudio sí había sido predictivo, pero «en el sentido opuesto».  ¿Qué ocurrió?

El GHSI se basó en gran medida en la consulta a expertos. Este método contrasta con los «informes de consenso», como los elaborados por la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU. o el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, los cuales se fundamentan en una revisión de las publicaciones científicas sobre un tema. La estrategia de consultar a expertos se emplea a menudo para evaluar riesgos o para examinar cuestiones que resultan difíciles de medir. Muchos consideran que constituye una metodología científica válida, sobre todo cuando se trata de establecer el grado de incertidumbre de una cuestión compleja o cuando no hay suficientes trabajos científicos publicados sobre un tema, pero aun así se desea dar respuesta a una cuestión urgente. Sin embargo, su fiabilidad depende de una suposición clave: que hemos recurrido a los expertos adecuados.

Como es lógico, el grupo de expertos del GHSI estaba repleto de directores de programas sanitarios nacionales e internacionales, así como de comisiones y departamentos de salud. Sin embargo, entre esos expertos no había ningún politólogo, psicólogo, geógrafo o historiador, por lo que faltaban conocimientos sobre las dimensiones políticas y culturales del problema. Y, en retrospectiva, no cabe duda de que, en muchos países, los factores políticos y culturales acabaron siendo decisivos.

Pensemos en Estados Unidos, un país con una de las infraestructuras científicas más avanzadas del mundo y con una industria y unas telecomunicaciones prodigiosas. Sin embargo, la nación no logró movilizar estos recursos por razones en buena medida políticas. En un principio, el presidente no se tomó la pandemia lo suficientemente en serio para poner en marcha una respuesta contundente a nivel nacional. Después, y según admitió él mismo, le restó importancia. Más de un político y una celebridad desdeñaron las recomendaciones de salud pública al aparecer en público sin mascarillas mucho después de que se documentaran sus beneficios. Una estructura gubernamental estratificada y descentralizada acabó engendrando todo tipo de medidas políticas que, en algunos casos, enfrentaron a los Gobiernos de algunos estados con sus propias ciudades. Y muchos se negaron a practicar el distanciamiento social, al interpretarlo como una intromisión inaceptable en su libertad personal.

Para evaluar con precisión la capacidad de respuesta del país ante la pandemia, el GHSI tendría que haber buscado la aportación de antropólogos, psicólogos e historiadores que entendieran la situación política y cultural de Estados Unidos. De hecho, habría tenido que conceder primacía a los expertos en ciencias sociales, ya que fueron precisamente algunos factores sociales, como la desigualdad racial, los que más influyeron en el resultado. En todo el mundo, la capacidad de reacción de los distintos países ante la pandemia ha dependido fundamentalmente de su gobernanza y de cómo han respondido los ciudadanos a esa gobernanza. Si el GHSI falló fue porque consultó a los expertos equivocados.

Naomi Oreskes

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