Existimos y somos criaturas vivas. Por tanto, las leyes fundamentales que gobiernan nuestro universo han de ser compatibles con la existencia de vida. Sin embargo, a medida que los científicos han ido estudiando dichas leyes, han descubierto que la probabilidad de que estas permitan la aparición de vida es astronómicamente baja. Es posible modelizar qué ocurriría si las constantes de la naturaleza (la intensidad de la gravedad, la masa del electrón, la constante cosmológica) hubieran tomado valores ligeramente distintos de los que observamos. Y lo que parece quedar claro es que, de todo el enorme abanico de valores posibles, tales constantes han de adoptar valores extremadamente cercanos a los que observamos para que la vida sea posible. El físico teórico Lee Smolin ha estimado que la probabilidad de que, por puro azar, tales parámetros resulten compatibles con la existencia de vida es del orden de 1 en 10229.

Los físicos se refieren a este fenómeno diciendo que las leyes de la física parecen estar «finamente ajustadas» para permitir la existencia de vida. ¿Qué deberíamos concluir a partir de aquí?

Algunos no ven en ello más que una prueba de nuestra buena suerte. Pero muchos eminentes científicos, como Martin Rees, Alan Guth o Max Tegmark, lo han considerado un indicio de que nuestro universo no es más que uno entre un conjunto enorme de mundos, tal vez infinitos. La idea subyacente es que eso permitiría explicar el ajuste fino de las leyes físicas en términos del «teorema de los infinitos monos»: si tenemos un número lo suficientemente grande de monos tecleando al azar en máquinas de escribir, antes o después uno de ellos escribirá, por pura casualidad, una frase con sentido. De igual modo, si existe un número lo suficientemente grande de universos, será estadísticamente probable que alguno de ellos presente las leyes físicas adecuadas para que surja la vida.

Esta explicación tiene sentido intuitivo. Sin embargo, los expertos en probabilidad han señalado que este tipo de razonamiento incurre en una falacia lógica. En concreto, en la falacia del jugador inversa, una variante de la versión habitual de la falacia del jugador.

La falacia del jugador hace alusión al siguiente ejemplo. Una persona lleva apostando toda la noche en el casino y ha sufrido una terrible racha de mala suerte. Como consecuencia, piensa: «Mi próximo lanzamiento de dados será bueno, ya que es muy improbable que saque malos resultados toda la noche». Este razonamiento es falaz porque, para cualquier lanzamiento individual, la probabilidad de obtener dos seises, pongamos por caso, es siempre la misma: 1/36. El número de veces que el jugador haya tirado los dados durante esa noche no influye para nada en la probabilidad de que el siguiente lanzamiento arroje un doble seis.

En la falacia del jugador inversa, un visitante entra en el casino y lo primero que ve es a alguien sacando dos seises. El visitante piensa: «Vaya, esta persona debe haber estado jugando toda la noche, ya que es muy poco probable que tenga tan buena suerte con un solo lanzamiento». Esta conclusión es falaz por la misma razón. El visitante solo ha observado un lanzamiento de dados, y la probabilidad de que ese resultado sea un doble seis sigue siendo la misma: 1/36. El tiempo que el jugador lleve apostando no guarda ninguna relación con la probabilidad de que el lanzamiento presenciado por el visitante arroje dos seises.

Fue el filósofo Ian Hacking quien primero relacionó la falacia del jugador inversa con los argumentos usualmente empleados a favor del multiverso. Para ello, se centró en la teoría del universo oscilante del físico John Wheeler, la cual sostiene que nuestro universo no es más que el último de una larga secuencia temporal de universos. Y, del mismo modo que el visitante del casino concluye que, para haber sacado dos seises, el jugador tiene que haber estado apostando toda la noche, los defensores del multiverso razonan que, para que las constantes de la naturaleza resulten compatibles con la vida, han tenido que existir muchos otros universos antes del nuestro.

Más tarde, otros teóricos se percataron de que la crítica se aplica de manera bastante general a todos los razonamientos que han intentado derivar la existencia de un multiverso a partir del problema del ajuste fino.

Considere la siguiente analogía: de repente, usted se despierta en un lugar desconocido y sin ningún recuerdo de cómo ha llegado hasta ahí. Justo enfrente hay un mono en una máquina de escribir tecleando frases con perfecto sentido. No hay duda de que lo que usted ve requiere una explicación. Puede que tal vez esté soñando, que se trate de un mono entrenado, o que el mono sea en realidad un robot. Lo que seguro que usted jamás pensaría es: «Tiene que haber muchos otros monos tecleando por aquí, la gran mayoría de los cuales estarán escribiendo cosas sin sentido». No pensaría eso porque lo que debe explicar es por qué ese mono concreto, el único que usted ha visto, está escribiendo frases con sentido. Y postular la existencia de otros monos no explica por qué el simio que usted ve está haciendo lo que hace.

Algunos expertos han objetado que este argumento contra la inferencia de un multiverso pasa por alto el sesgo de selección que existe en los casos de ajuste fino: a saber, el hecho de que nosotros jamás podríamos haber observado un universo que no estuviera finamente ajustado para la vida. En ausencia de ajuste fino, la vida sería imposible, por lo que no habría nadie para observar nada. Por supuesto, este efecto de selección existe. Sin embargo, no afecta para nada a la comisión de la falacia. Esto puede verse fácilmente si añadimos un efecto de selección artificial en el ejemplo anterior.

Imagine la siguiente situación. Usted se despierta y descubre que se encuentra en una habitación junto con el Joker (el enemigo de Batman) y un mono llamado Joey tecleando en una máquina de escribir. El Joker le explica que, mientras usted estaba inconsciente, decidió poner en marcha un pequeño juego. Dejaría que Joey aporrease la máquina de escribir durante una hora, y se comprometía a liberarle si durante ese tiempo Joey escribía una frase con sentido. En caso contrario, le mataría antes de despertar. Por suerte, Joey escribió «me encanta cómo son los plátanos amarillos», por lo que acto seguido usted será liberado.

En esta historia, es imposible que usted vea a Joey escribiendo cosas sin sentido, ya que en tal caso el Joker le habría matado antes de despertar y nunca habría podido ver nada. Sin embargo, inferir a partir de esa observación que hay infinitos monos tecleando en máquinas de escribir sigue estando injustificado. Dado lo improbable que resulta que un mono escriba «me encanta cómo son los plátanos amarillos», usted seguramente sospechará que ha habido algún truco en algún sitio. No obstante, lo que nunca concluirá es que tiene que haber una enorme cantidad de monos tecleando cosas sin sentido. Una vez más, lo que necesitamos explicar es por qué Joey ha escrito algo inteligible. Y de igual modo, lo que tenemos que explicar es por qué el único universo que observamos está finamente ajustado para la vida. Postular la existencia de otros universos no resuelve la cuestión.

Pero ¿no hay indicios científicos que apoyan la existencia del multiverso? Algunos físicos creen que existen pruebas empíricas indirectas de un tipo concreto de multiverso: el que describe la hipótesis de la inflación eterna. Según esta, habría un vasto megaespacio en expansión exponencial en el que algunas regiones se ralentizan y dan lugar a «universos burbuja», uno de los cuales sería el nuestro. Sin embargo, no existen fundamentos empíricos para pensar que las constantes de la naturaleza (la intensidad de la gravedad, la masa del electrón, etcétera) deban tomar valores diferentes en cada uno de esos universos burbuja. Y, sin tal variación de las constantes físicas, el problema del ajuste fino se torna aún peor: ahora tenemos un número enorme de monos, todos los cuales están escribiendo frases con sentido.

Llegados aquí, muchos sacan a colación la teoría de cuerdas. Esta ofrece una manera de dar cabida a la posibilidad de que los diferentes universos burbuja presenten distintos valores de las constantes físicas. En teoría de cuerdas, las cantidades supuestamente «fijas» de la naturaleza quedan determinadas por la configuración del espacio, y se estima que en el llamado «paisaje» de la teoría de cuerdas existen unas 10500 configuraciones posibles. Podría ser que los procesos aleatorios se encargasen de materializar dicho paisaje de teoría de cuerdas en los universos burbuja de la inflación eterna. Pero, una vez más, no tenemos motivos empíricos para pensar que esa posibilidad sea real.

La razón por la que algunos científicos se toman en serio la idea de un multiverso en el que las constantes de la naturaleza varían de un universo a otro es que ello parece resolver el problema del ajuste fino. Pero, si examinamos con detalle este razonamiento, podemos ver que es falaz. Así las cosas, ¿qué deberíamos pensar del ajuste fino? Tal vez haya otra forma de explicarlo. O tal vez solo hayamos tenido suerte.

Philip Goff

Referencias: «La falacia del jugador inverso: el argumento del diseño. El principio antrópico aplicado a los universos de Wheeler»; Ian Hacking es Mente, vol. XCVI, n.O 383, págs. 331-340, julio de 1987. «Ajuste fino y múltiples universos“; Roger White en nosotros, vol. 34, n.O 2, págs. 260-276, junio de 2000.



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