Pensar racionalmente es agotador, por lo que muchas personas acaban dejándose llevar por su instinto. Estos atajos mentales, llamados «heurísticos» en psicología, se hallan en el origen de numerosas falacias. Sin embargo, no todo el mundo se deja llevar por ellos en la misma medida. Según un trabajo reciente publicado por investigadores del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), las personas con autismo serían menos propensas a usar dichos atajos mentales y, en su lugar, tenderían a emitir juicios más racionales. Los resultados se publican en Tendencias en las ciencias cognitivas.

En una revisión de la investigación publicada al respecto, Liron Rozenkrantz y sus colaboradores compararon el comportamiento de personas diagnosticadas con autismo o con rasgos autistas pronunciados con el de un grupo de control de individuos no autistas, o «neurotípicos». Para ello, se basaron en el llamado «cociente de espectro autista» (AQ), una prueba en la que se pregunta por la experiencia y el comportamiento relativos a ciertas características típicas del autismo, como «me irrita que alguien me moleste en mi rutina diaria».

Las emociones y el contexto pierden peso

Según numerosos ensayos, las personas con autismo serían menos propensas a incurrir en algunas falacias, como la «falacia del costo irrecuperable», o «falacia del Concorde»: la inclinación a seguir invirtiendo en una causa perdida debido a todo el dinero que hemos invertido en ella el pasado. También resultan menos fáciles de manipular mediante el «encuadre positivo» de una situación dada, como cuando alguien nos ofrece un premio de 50 euros del que luego habremos de pagar 30, en lugar de ofrecernos directamente 20 euros. Asimismo, se enfrentan de manera más racional a la información desagradable: si han de evaluar la probabilidad de contraer cáncer algún día, aprenderán por igual a partir de información tanto positiva como negativa. Las personas neurotípicas, en cambio, pondrán antes en duda un pronóstico demasiado pesimista que uno demasiado optimista.

Otro experimento clásico de la psicología, el «juego del ultimátum», revela más diferencias. En él, un jugador recibe una suma de dinero (20 euros, pongamos por caso) y debe decidir cómo repartirla entre él y un compañero. Si este último acepta el reparto («11 euros para mí y 9 para ti», por ejemplo), cada uno se llevará la cantidad propuesta. Pero, si se niega, ambos jugadores se irán a casa con las manos vacías. Eso es lo que suele suceder cuando la oferta al compañero no supera el 30 por ciento del total («18 euros para mí y 2 para ti»). En tal caso, el sentimiento de agravio es tan fuerte que las personas suelen preferir no ganar nada antes que ser tratadas de manera injusta. Sin embargo, las personas con autismo tienden a aceptar ese tipo de ofertas el doble de veces.

¿Por qué se producen estas diferencias? Rozenkrantz y sus coautores creen que una razón podría deberse a que las personas con autismo son menos propensas a dejarse influir por las emociones, las cuales interfieren a menudo con el pensamiento racional y nos hacen cometer errores o caer en falacias. La base neuronal se conoce desde hace tiempo: una menor actividad en regiones cerebrales como la amígdala, relacionadas con las emociones. Y aunque ello pueda implicar una desventaja en las interacciones sociales, en muchos casos ayudaría a tomar decisiones correctas. Las personas con autismo parecen ser también más capaces de concentrarse en los detalles e ignorar el contexto.

Racionales e incorruptibles

Los autores observan que, hasta ahora, la investigación sobre el autismo se ha centrado en las dificultades que implica todo lo anterior. De hecho, en varios de los estudios que citan, la racionalidad (en el sentido de no permitir que las emociones influyan en la toma de decisiones) se ha presentado más como un inconveniente que como una ventaja.

Algo parecido parece tener lugar con la rectitud moral. Un trabajo publicado hace poco en Revista de neurociencia, por ejemplo, refería un experimento consistente en elegir entre asumir un coste personal para apoyar una buena causa, o aceptar una ganancia de una fuente moralmente cuestionable. Los sujetos autistas rechazaron esta última opción con más frecuencia que los neurotípicos y se preocuparon menos por su beneficio personal que por el coste moral de sus acciones. El trabajo describía el comportamiento de las personas con autismo diciendo que eran «más inflexibles», ya que se atenían a una regla moral a pesar de que una acción inmoral pudiera beneficiarles.

Este énfasis en las dificultades está en consonancia con los manuales de diagnóstico actuales, los cuales describen el autismo como un trastorno en la medida en que interfiere en la vida, y suelen por ello centrarse en los déficits relativos al contacto interpersonal o la comunicación no verbal. Con todo, muchos afectados no consideran el autismo necesariamente como un trastorno, sino como una variante más en un amplio abanico de comportamientos y experiencias, o de neurodiversidad.

Numerosas personas con autismo suelen ver las interacciones sociales neurotípicas como un juego complicado cuyas reglas desconocen. Además, suelen experimentar miedo ante los cambios, aferrarse a rituales y rutinas, o dedicarse en exceso a temas concretos. En la primera infancia, el desarrollo lingüístico y motor se ven afectados con frecuencia, y en los casos graves pueden necesitar apoyo de por vida. El autismo puede asociarse a una menor inteligencia, pero también a una inteligencia media o alta.

Christiane Gelitz

Referencia: «Mayor racionalidad en el trastorno del espectro autista»; Liron Rozenkrantz, Anila M. D’Mello y John DE Gabrieli en Trends in Cognitive Sciences, vol. 25, pág. 686-696, 1 ​​de agosto de 2021.



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