El pasado 4 de diciembre, la erupción del monte Semeru, en Indonesia, se cobró la vida de 22 personas, mientras que otras 22 siguen desaparecidas y 56 resultaron heridas. Más de 5000 se vieron afectadas por la erupción y más de 2000 se refugiaron en 19 puntos de evacuación.

La erupción arrojó una columna de ceniza que alcanzó 15 km de altura y vino acompañada de flujos piroclásticos —densas nubes calientes y rápidas de lava solidificada, cenizas y gases. Por las pronunciadas laderas del volcán también descendieron torrentes de lodo volcánico conocidos como lahares. Una capa de pesadas cenizas cubrió las poblaciones de las proximidades y algunas zonas quedaron temporalmente sumidas en la oscuridad.

Varios pueblos quedaron sepultados bajo 4 metros de material volcánico y escombros, más de 3000 edificios sufrieron daños y el puente Gladak Perak, que conectaba Lumajang con la cercana ciudad de Malang, se derrumbó.

Desde el inicio de la erupción, el Servicio de Avisos de Observatorios Vulcanológicos para la Aviación (VONA) informó de sucesivos flujos piroclásticos que descendían por las laderas del volcán y de columnas de ceniza que llegaron a alcanzar 4,5 km de altura. También se observaron coladas de lava en la cima.

El Semeru es uno de los volcanes más activos de Java y ha presentado actividad en 74 de los últimos 80 años. Desde que comenzó la actual fase eruptiva, en 2014, se han producido frecuentes emisiones de columnas de ceniza de cientos de metros de altura, flujos piroclásticos y avalanchas de lava incandescente.

Una erupción de dimensiones inesperadas

Sin embargo, la erupción del pasado 4 de diciembre fue, inesperadamente, mucho más intensa que la actividad de base que presenta en la fase eruptiva actual. Eko Budi Lelono, jefe de la Agencia Geológica del Ministerio de Energía y Recursos Minerales, explicó que una tormenta eléctrica y unas lluvias persistentes habrían erosionado parte del casa de lava —una extrusión de lava solidificada que tapona el cráter—, lo que habría provocado su derrumbe y el consecuente disparo de la erupción.

El colapso de domos de lava constituye un desencadenante común de erupciones volcánicas y ha estado detrás de algunas de las erupciones más letales de la historia. El efecto del derrumbe de un domo de lava solidificada se asemeja al de retirar el tapón de una botella de bebida gaseosa: el sistema se despresuriza y se dispara la erupción. En ocasiones, los domos de lava se derrumban por su propio peso a medida que crecen, pero también pueden debilitarse como consecuencia de factores climáticos externos, como ocurrió este mes en el monte Semeru. El hecho de que los factores externos provocaran la erupción, y no las propias condiciones internas del volcán, habría dificultado la predicción del evento.

La vigilancia volcánica suele basarse en la observación de señales asociadas a un incremento de actividad en su interior. El aumento de la sismicidad puede indicar que el magma se está moviendo bajo la superficie. Otra señal de alerta son los cambios en la temperatura o en el tipo de gases emitidos. A veces también pueden apreciarse desde la propia superficie, o desde satélites, leves cambios en la forma del volcán o el domo de lava.

En 2019 se produjo en la isla Whakaari, en Nueva Zelanda, otra erupción explosiva mortal inesperada. Los vulcanólogos postulan que se desató como resultado de una explosión de vapor presurizado y no por la propia acción del magma, lo cual dificultó su predicción.

Vivir con volcanes activos

A medida que aumenta la población mundial, cada vez más personas viven cerca de volcanes activos. Según las estimaciones, más de mil millones de personas (el 14% de los habitantes del planeta) viven a menos de 100 km de un volcán activo.

En Indonesia, más del 70% de la población vive a menos de 100 km de uno o más de los 130 volcanes activos del país, lo que representa la asombrosa cifra de 175 millones de personas. Más de 8,6 millones de indonesios viven a menos de 10 km de un volcán activo —es decir, en el radio de acción de letales flujos piroclásticos.

Los suelos fértiles que suelen hallarse cerca de los volcanes obligan a la población a conciliar sus medios de vida con los riesgos. La vigilancia de docenas de volcanes activos supone un continuo reto para las autoridades de vigilancia volcánica y gestión de catástrofes de Indonesia.

Heather Handley /The Conversation Reino Unido



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